La violencia del narco se vuelve el "pan de cada día" en barriadas de Costa Rica
En las empinadas calles de un populoso barrio de la capital costarricense, los tiroteos entre vendedores de drogas son cotidianos y sus víctimas tienen una doliente en común: Mauren, quien ayuda a sepultarlas sin preguntar si eran inocentes o no.
Antaño problema de vecinos inestables, la creciente violencia está en el centro de las elecciones presidenciales del domingo en Costa Rica, considerado por décadas uno de los países más seguros de Latinoamérica.
La candidata oficialista y favorita Laura Fernández culpa a las autoridades judiciales de que los delincuentes no estén presos y ofrece medidas de mano dura vigentes en El Salvador de Nayib Bukele, que sus rivales ven como una amenaza a los derechos humanos.
Al margen del duro debate sobre cómo afrontar la crisis, Mauren Jiménez, líder comunal de 54 años, solo quiere que paren los asesinatos de jóvenes. "Enterrar a un familiar al que mataron, de 14, 15 años, es muy difícil", dice a la AFP.
Solo el año pasado, ayudó a enterrar a una veintena de muchachos "que desgraciadamente se desvían por falta de oportunidades" y a víctimas colaterales, cuyas familias por lo general carecen de recursos para sepultarlos.
La violencia "es pan de cada día", señala Jiménez cerca de la montaña donde se levantan varios "precarios", como llama a los asentamientos informales, de Alajuelita, uno de los sectores más violentos del país.
Siete de cada diez asesinatos están ligados al narcotráfico en Costa Rica, donde la tasa de homicidios se disparó a 17 casos por cada 100.000 habitantes en 2025, frente al índice de 11,2 de 2019.
- Guerra de bandas -
En lo que describe como una vocación, el trabajo de Jiménez comienza cuando los forenses se llevan los cadáveres a la morgue, tras horas de espera.
Hubo casos en que "los papás no sabían leer, escribir (...), no tenían cómo enterrarlos" o transportarlos para velarlos, cuenta la mujer, quien negocia precios con funerarias y organiza colectas en redes sociales.
Esas muertes son resultado de disputas entre bandas por la venta de drogas en barriadas, una vertiente del narcotráfico en Costa Rica, que pasó de ser puente a centro logístico para carteles de Colombia y México, explicó a la AFP el director del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), Michael Soto.
Mafias locales almacenan la cocaína y en los puertos la camuflan en contenedores de productos de exportación, una modalidad que el país, con costas en el Pacífico y el Caribe, combate con escáneres insuficientes, según Soto.
Pero la cuota de sangre no la ponen grandes capos, sino sectores empobrecidos de este país de 5,2 millones de habitantes que se cuenta entre los más desiguales de Latinoamérica.
Los "anillos de miseria en las ciudades" han "generado que el crimen organizado se arraigue ahí", agregó Soto.
El jefe del OIJ cuenta que quedó "impactado" con lo que un niño de 13 años le dijo, tras un operativo en la provincia caribeña de Limón, de las más violentas del país. Quiere ser "narcotraficante" porque a los de su barrio les va "muy bien", relató.
- Temor generalizado -
Para Soto la solución exige dar bienestar a las comunidades vulnerables. Pero de ello se habló poco en la campaña electoral.
La conservadora Fernández prevé más bien una megacárcel inspirada en la prisión para pandilleros de Bukele y estados de excepción en zonas marginales.
Sus adversarios plantean reforzar la vigilancia policial y naval, y frenar los recortes de presupuesto a la seguridad realizados por el saliente mandatario, Rodrigo Chaves, en medio de un enfrentamiento con el poder judicial.
Aunque vecinos de Alajuelita coinciden en que las muertes se concentran en el mundo del narco, el miedo es generalizado ante casos como el de un niño que murió en casa por una bala perdida en 2024.
"A mí me ha tocado hacer funerales con temor porque tal vez el muchacho andaba con estas bandas" y pueda haber una "balacera", confiesa a la AFP el sacerdote Gabriel Corrales, vicario de Alajuelita, de 59 años.
Acostumbrada a lidiar con el miedo, Mauren Jiménez tuvo que recibir sin embargo ayuda sicológica tras una oleada de crímenes, incluido el de un joven que recibió decenas de tiros. "Imagínese cómo quedó ese cuerpo".
Sin pago por su labor, limpia casas o cuida enfermos para ganarse la vida. Aun contra la voluntad de su familia, piensa seguir ayudando a aliviar la pena de sus vecinos.
No le "cabe en la cabeza" que altos funcionarios del gobierno digan simplemente "que se maten entre ellos".
P.Batteux--RTC